Han llegado las 19:30 de la tarde, me encuentro en mi casa preparándome para ir a casa de Miki. Me acabo de duchar, llevo una toalla grande alrededor del cuerpo. Frente al armario, miro toda mi ropa, y en un extremo, tengo el vestido morado que me regaló hace poquito, cuando cumplimos 4 meses de conocernos, según él. Está sin estrenar, y la verdad es que me queda genial y es precioso, así que me pongo ese. Cojo una mochila pequeña y meto un pijama, que consiste en un pantalón de cuadros rosas y azules y una camiseta negra de tirantes, con unas sandalias normales. Me pongo el vestido con unos tacones negros, y en el pelo una coleta con el flequillo a un lado, sé que le encanta que vaya peinada así.
Bien, son las 21:00, ya estoy frente a su puerta, acabo de tocar el timbre. No sé por qué estoy nerviosa, es mi mejor amigo... Bueno, a lo mejor es que me quedo a dormir... ay, no sé, no quiero pensar en nada. Oigo girarse el pomo, y seguido de esto, la puerta moverse y Miki aparece. Me quedo muy sorprendida. Va vestido de traje, peinado. Y mm, qué bien huele, me encanta esa colonia que usa.
- Hola preciosa, ¿qué tal?
- Hola ^^ Pues... genial, jeje, ¿y tú?
- También. Entra.
Se aparta hacia un lado dejándome paso para entrar. Cuando ya estoy dentro, oigo la puerta cerrarse y él que me invita a seguir caminando hacia el interior. Y así lo hago, cada vez sorprendiéndome más con lo que voy viendo. Lo ha decorado todo de una manera muy romántica, velas, música, incienso de olores que casi podría describir como mis favoritos... y el vestido de traje. No puedo evitar ir con una sonrisa de tonta, pero se me desvanece cuando pienso que todo esto puede que no sea para mí, y es que creo que no lo es. Hace poco me comentó que se estaba enamorando, y yo claro, le ayudé, y le dije que le prepara una cena romántica, o la invitara a pasar algún finde... Y, ahora que me doy cuenta, lo del finde lo ha hecho conmigo, mejor dicho, lo de los findes. Pero... no, esto no puede ser para mí.
- Bueno, yo... me voy
- ¿Qué? ¿Por qué? - me pregunta con un tono de voz preocupado
- No sé... esto no es para mí... será para esa chica de la que te estás enamorando...
- Es para ti, lo juro Annita...
- Mmm... en ese caso, creo que me quedo, jeje.
Y así es, me quedo. Dejo el bolso en un mueble, junto a la pequeña mochila donde guardé el pijama. En el salón, lugar donde se encuentra una mesa cuadrada, pequeña, decorada con velas, un mantel rojo, servilletas de franela en un tono algo más claro que el mantel, cubiermos preciosos que nunca le había visto, y en el medio la fuente con la cena, tapada como en las películas. Me encantaría saber qué ha cocinado, y si le ha salido tan genial como todo lo que hace.
- Siéntate, preciosa.
- Claro.
Sonrío y le obedezco, me siento, y un tiempo después, se sienta él. Me sonríe mirándome a los ojos, y yo hago lo mismo. He de reconocer que me cuesta aguantarle la mirada, pues mirándole a los ojos, sus preciosos ojos oscuros, chiquititos y brillantes me entran unas ganas locas de besarle, decirle que le quiero, y ser felices. Ser felices para siempre, juntos... Estar un fin de semana tirados en el sofá, viendo una película, acariciándonos, besándonos de vez en cuando... cosas de pareja. Pero no, he de mantener las formas y... de momento, tratarle sólo como amigo.
- ¿Te he dicho ya que estás preciosa?
- Mmm, decírmelo no, pero me has llamado preciosa dos o tres veces.
- Entonces te lo digo ahora, estás guapísima.
- Gracias, cielo.
- ¿Por qué las das?
- Porque hay que darlas, ¿no?
- En este caso, no. Sólo te... describo.
- Ah, pues entonces... no te doy las gracias.
Ambos reímos, y un rato después, ya nos encontramos comiendo. Ha cocinado pollo asado con patatas, algo básico, pero que sabe que a mí me encanta y que él lo hace genial. Cuando acabamos, recoge los platos y trae otra fuente tapada, me encantaría saber qué se encuentra dentro.
- ¿Qué hay ahí?
- Sorpresa, sorpresa...
- Aysh...
Se ríe de mi cara de decepción y se sienta en la mesa a la vez que coloca la fuente. En un momento que se despista con su móvil, aprovecho para levantar la tapa, pero no me lo permite, me mira y me quita la mano, yo me río.
- Te gustará...
- Más te vale después de tenerme esperando, eh
Se vuelve a reír, hasta que nos quedamos mirándonos a los ojos y simplemente sonreímos. Levanta la tapa de la fuente y me quedo sorprendidísima con lo que veo, una tarta de chocolate en la que pone: “Anna, te quiero”. Me levanto rápido, le hago levantarse también y le abrazo, fuerte. Hundo mi cabeza completamente en su cuello y respiro su olor, ese olor que me encanta y que sólo se pone en ocasiones especiales. Me separa lentamente y me mira a los ojos, sonríe. Me acaricia el pelo y posa un mechón de éste detrás de mi oreja derecha, y, al notar sus dedos rozando mi piel, no puedo evitar estremecerme, me encanta la suavidad con la que lo hace, como si tuviera miedo a hacerme daño. Sonrío. Se va acercando lentamente a mí, hasta quedar a escasos milímetros. Sus ojos se desplazan de los míos a mis labios, y viceversa. Y los míos igual.
- Anna...
- ¿Qué?
- Pídemelo.
- ¿El qué?
- Aquello de lo que tantas ganas tienes...
- Pues... bésame. -digo en un susurro.