domingo, 5 de mayo de 2013

Relato.


En la vida se había sentido tan solo como ahora. Le faltaba algo, necesitaba aquello que día tras día conseguía sacarle la sonrisa más bonita; aquello que con solamente tocarlo le transmitía miles de sensaciones diferentes, especiales, jamás experimentadas, sensaciones propias de la felicidad, creía él.

Se recorre de una puerta a otra el pasillo principal de la casa, observando con detenimiento cada una de las fotos ahí situadas, de los dos. Unas más grandes, otras más pequeñas. Besos, abrazos, carantoñas, tonterías, viajes, con los amigos, con la familia…, pero siempre ellos. Recuerda cuántas veces se prometieron que eran ellos contra el mundo, superando cualquier problema que pudiera estropear la relación.

Pero ahora, ella es feliz.

¿Cuánto tiempo ha pasado desde que no la ve? ¿Y desde que no sabe nada de ella? Ha perdido la cuenta echándola de menos, lamentándose por haber dejado marchar a la mujer de su vida. No ha vuelto a estar con ninguna más. No lo necesita. No quiere intentar a enamorarse de otra persona.

Suena el timbre y, sin ganas, va a abrir. La policía, lo que hace extrañarse, pensar que ahora ya le han descubierto. Robó hace unos meses algo para comer, puesto que dejó el trabajo y apenas tenía dinero para comprar una simple barra de pan.

-Queda detenido.
Se deja arrestar por aquellos hombres desconocidos, siendo arrastrado después hacia el coche policial y trasladado posteriormente a la prisión más cercana. Escucha cómo los policías hablan con una señorita. La señorita. Es ella. Su voz. La ha reconocido. La ha encontrado. Alza, por fin, la cabeza. Y la mira.

Cuerpo delgado, tal y como él la recordaba, las mismas curvas y las mismas pecas. También aquella cicatriz en la ceja que a él tanto le gustaba, ya que le mostraba que, aunque él lo viera al contrario, ella era una chica normal y corriente, que de niña se había hecho alguna que otra herida. Gira la cabeza.

Sus ojos se han encontrado. Ella calla de repente, él agacha la cabeza. Sabe que no va a hacer nada por sacarle de ahí, de hecho, seguramente le trate con desprecio.

-¿Este es el detenido? –dice, después de observarle con detenimiento unos tres minutos.
-Exacto, detenido por robo.
-Que pase por aquí.

Estira la mano hacia él indicándole que ha de seguirle. En ese momento desea no haber cogido aquel trabajo. Siempre le había sido difícil tratar con los presos por delitos “leves”, pero ahora mismo se quería morir. Había vuelto a sentir lo que hacía meses no experimentaba, aquellos sentimientos que le mostraban que era feliz. Pero en ese momento, no lo era. Deseaba correr hacia él, quitarle las esposas, abrazarle y huir, juntos. Pedir perdón y volver a ser felices, mas no era posible. Seguía completamente enamorada de él.

-Esta es tu celda. Entra, te traerán un pijama. Quizás también algo de comer.
-Anna, yo.. bueno.. yo..
-¿Qué? ¿Vas a decirme que lo sientes? ¿Que estás arrepentido y que quieres salir de aquí? Vamos, tengo que tragarme eso todos los días, no cuela ya.
-No hablaba de eso.
-¿No? ¿Entonces de qué? Desapareces durante meses y apareces cuando menos lo necesito, descolocando todos mis pensamientos y la estructura de vida que tenía planeada. Para colmo, estás preso.
-Pero..
-¡Ni peros ni hostias, Miquel! Sigo jodidamente enamorada de ti, y ahora tengo que tratarte con desprecio, ya que eres un preso..

Se acerca a ella, sus caras están a milímetros, pero no es lo correcto. Le empuja.

-Que esté enamorada de ti no quiere decir que debamos estar juntos.. ahora.

Y, observando como una lágrima cae por el fino rostro de ella, entra en la celda. La ha perdido, ahora sí, para siempre.